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El degradado que desaparece: del 5 % al 0 % en flexografía.

Foto del escritor: Dpto. Editorial
Dpto. Editorial
hace 10 horas
5 min de lectura

Un degradado del 5 % al 0 % parece algo sencillo.


En pantalla lo vemos perfecto: una transición suave, limpia y progresiva hasta fundirse completamente con el fondo. El diseñador aprueba el archivo, el PDF parece correcto y aparentemente no hay ningún problema.

Pero entonces llega la flexografía ...

Y ese degradado que en pantalla desaparecía elegantemente puede terminar de una forma bastante menos elegante: cortándose de golpe, mostrando un escalón visible o manteniendo una zona de puntos donde esperábamos encontrar una transición limpia.

No necesariamente hay un error en el archivo.


El problema es que una pantalla puede representar prácticamente cualquier porcentaje que le pidamos; una plancha flexográfica y una máquina de impresión, no.



El 0 % es fácil. El problema es llegar hasta él.


Un degradado digital puede calcular matemáticamente una transición continua entre dos valores.

Por ejemplo:

5 % → 4 % → 3 % → 2 % → 1 % → 0 %

En un archivo digital esos valores existen sin mayor problema.

Pero cuando ese degradado tiene que convertirse en una trama imprimible, dejamos de trabajar únicamente con números y empezamos a trabajar con algo físico: puntos de trama sobre una plancha que posteriormente deberán transferir tinta al soporte.

Y esos puntos no pueden hacerse infinitamente pequeños.

Existe un momento en el que el punto deja de ser suficientemente estable para reproducirse correctamente en la plancha o durante la impresión.

Ahí aparece uno de los conceptos fundamentales de la reproducción flexográfica:


El punto mínimo reproducible.


Cada combinación de proceso tiene un límite.

La lineatura utilizada, el sistema de exposición, el tipo y espesor de plancha, la tecnología de tramado, el anilox, la tinta, el soporte y las condiciones de impresión influyen en cuál será el punto mínimo que puede reproducirse de manera estable.

Por eso afirmar simplemente:

«En flexografía se puede imprimir hasta el 1 %»

es demasiado simplista.

La pregunta correcta sería:

¿Un 1 % con qué trama, qué plancha, qué sistema de exposición, qué tinta, sobre qué soporte y bajo qué condiciones de impresión?

Un porcentaje que funciona perfectamente en una determinada configuración puede resultar inestable en otra.

Y cuando llegamos al límite inferior de reproducción, el degradado deja de comportarse como lo hace en pantalla.


Cuando el degradado cae por el precipicio.


Imaginemos que tenemos un degradado del 5 % al 0 %, pero nuestro proceso reproduce de manera estable solamente hasta determinado tamaño mínimo de punto.

Mientras los puntos sean reproducibles, la transición continúa.

Cuando dejan de serlo, desaparecen.

Si esa desaparición se produce demasiado bruscamente, visualmente podemos encontrarnos con un corte.

En lugar de percibir:

tinta → menos tinta → menos tinta → nada

podemos percibir:

tinta → menos tinta → CORTE → nada

Y precisamente esa frontera es la que puede delatar el final del degradado.

Cuanto más larga, suave y limpia pretendamos que sea la transición hacia cero, más importante resulta controlar esa zona.


¿Entonces basta con cambiar el 5 % por un porcentaje menor?


No necesariamente.

Aquí aparece una confusión bastante habitual.

Reducir los porcentajes de un degradado no garantiza que vaya a desaparecer mejor. De hecho, podemos conseguir exactamente lo contrario: trasladar una parte mayor del degradado a una zona que nuestro proceso no puede reproducir de forma estable.

El objetivo no consiste simplemente en tener menos tinta.

Consiste en conseguir una transición compatible con el rango tonal realmente reproducible del proceso.

Por eso las curvas de compensación, el tramado y las características de la plancha tienen tanta importancia.



Y si el degradado está dentro de una imagen TIFF…


La situación se vuelve todavía más interesante.

Cuando trabajamos con un degradado vectorial podemos modificar directamente sus puntos, porcentajes y posiciones.

En una imagen TIFF, PSD u otra imagen rasterizada, esos valores ya forman parte de los píxeles de la imagen.

Eso significa que modificar la transición requiere actuar sobre la información tonal de la propia imagen.

Curvas, máscaras, selecciones progresivas y otros ajustes pueden utilizarse para llevar una determinada zona hacia el 0 %, pero hay que hacerlo con cuidado.

Porque una cosa es conseguir que el valor numérico termine en cero y otra muy distinta conseguir que visualmente la transición siga siendo natural y además resulte reproducible en máquina.

Una corrección agresiva puede solucionar el problema técnico y crear otro visual: bandas, cambios de contraste o una transición artificialmente corta.


Pantalla, prueba y máquina no hablan exactamente el mismo idioma.

Este es probablemente el origen de muchos malentendidos.

En un monitor observamos píxeles iluminados.

En una prueba digital vemos la simulación de un proceso.

En la plancha tenemos una estructura física.

Y finalmente, en máquina, tenemos tinta siendo transferida mediante un anilox y una plancha sobre un soporte que también tiene sus propias características.

Son sistemas diferentes.

Por eso:

«En el PDF se ve perfecto»

no demuestra que vaya a imprimirse perfectamente.

El PDF describe lo que queremos reproducir.

La preimpresión debe determinar cómo convertir esa intención en algo que el proceso flexográfico pueda imprimir de forma estable.


La preimpresión empieza precisamente donde termina el diseño.


Una buena preimpresión flexográfica no debería limitarse a comprobar que el archivo abre correctamente, que las imágenes tienen resolución suficiente o que las tintas están bien nombradas.

También debe preguntarse:

¿Puede imprimirse realmente lo que estamos viendo?

Y, todavía más importante:

¿Puede imprimirse de manera repetible?

Porque conseguir una impresión correcta una vez no es suficiente.

La producción necesita que el resultado pueda mantenerse durante la tirada y volver a reproducirse cuando el trabajo regrese semanas o meses después.

Ahí está la diferencia entre un archivo técnicamente válido y un archivo preparado para producción flexográfica.


El degradado perfecto no es necesariamente el que llega matemáticamente a cero.


Puede parecer paradójico, pero en flexografía la mejor transición no siempre es la que presenta la progresión matemática más bonita dentro del archivo.

Es la que, teniendo en cuenta las condiciones reales de producción, consigue que el ojo perciba una desaparición progresiva y natural de la imagen.

Para conseguirlo debemos conocer dónde están los límites del sistema y preparar el archivo pensando en ellos.



Porque entre ese aparentemente inocente 5 % y el 0 % existe todo un mundo de trama, plancha, tinta, soporte y comportamiento en máquina.


Y ese pequeño espacio entre ambos porcentajes resume bastante bien una de las grandes diferencias entre diseñar para una pantalla y preparar un trabajo para flexografía:


en pantalla todo son números; en la máquina, esos números tienen que convertirse en puntos que realmente puedan imprimirse.


Un degradado no termina simplemente donde Photoshop, Illustrator o el RIP dicen que está el 0 %.


En flexografía termina donde nuestro proceso deja de poder reproducir el punto de forma estable.


Conocer ese límite permite preparar el archivo para la máquina, en lugar de esperar que la máquina se comporte como una pantalla.



En flexografía no imprimimos números. Imprimimos puntos.

Del 5 % al 0 % hay mucho más que cinco puntos porcentuales: hay trama, plancha, tinta, soporte y máquina.

 
 
 

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